La Ciudad de México recibe a Maximiliano y Carlota Habsburgo

Después del primer periodo de México como nación independiente, un nuevo acontecimiento estaba por presentarse hacia 1864, las fuerzas y los acuerdos conservadores se alinearon para que un príncipe europeo viniera a reinar el país, que entonces estaba sacudido por las guerras, el desorden y la inestabilidad económica. Los planes de los conservadores daban los resultados deseados y para abril de ese año, Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena, junto con su esposa Carlota, emprendía un largo viaje para convertirse en Maximiliano I de México, segundo emperador de la nación.
         Los monarcas atravesaron parte del continente europeo, el océano atlántico, Veracruz, y Puebla, y finalmente el 11 de junio llegaron al santuario de Guadalupe, pues querían visitar el lugar,[1] un dato curioso es que al día siguiente el emperador portaba con su uniforme la insignia de Gran Maestre de la Orden de Guadalupe.[2] El historiador, político conservador e imperialista mexicano Francisco De Paula brinda una crónica detallada de esta primer visita en los alrededores de la ciudad de México, narra que “desde las nueve de la mañana salían por la garita de San Lázaro ciento setenta y tantos carruajes, conteniendo lo mejor que en hermosura, en ciencia y posición social contiene la capital del imperio”.[3]
La Villa de Guadalupe estuvo llena de gente y hacia las dos de la tarde llegaron los emperadores, quienes fueron recibidos por autoridades municipales y de la iglesia, no sin algunos discursos brindados hacia el soberano, quien, según De Paula, agradeció el encontrarse en “lugar tan respetado y querido para mí y para la Emperatriz, como para todos los mexicanos”.[4]    
            De Paula califica al domingo 12 de junio de 1864 como “el gran día de México”.[5] En tren desde la Villa de Guadalupe entró a la ciudad el emperador Maximiliano. Las calles y las casas estaban engalanadas, todas embellecidas y adornadas, algunas fueron adornadas por comisiones de diversos estados; había una multitud de gente emocionada por ver a sus nuevos monarcas. Sobre la ciudad, Paula Kolonitz dice: “No hay en el mundo ciudad cuya posición sea más encantadora y más imponente que la de México”.[6] La condesa austríaca, quien venía en la comitiva de la emperatriz Carlota en su travesía hacia México, llegó antes a la ciudad, donde se le recibió, junto a sus acompañantes, con una procesión de antorchas, aunque relata que en el Palacio Imperial reinaba el desorden y no estaba preparado por no saber con exactitud el día de llegada de sus excelencias.[7]
          Tanto Paula Kolonitz como el humanista, poeta y periodista liberal José María Vigil coinciden en el poco gusto de las celebraciones, la primera nos dice que no se debe juzgar desde el punto de vista europeo la solemnidad, pero agrega que faltaron la belleza de los uniformes y el esplendor de los arreos, aun cuando relucía el oro.[8] Por su parte, Vigil comenta que no existía en México un elemento propiamente aristocrático y que conociendo Maximiliano el aparato monárquico, puso atención en las cuestiones de etiqueta descuidando cosas de mayor importancia, así como que las celebraciones de junio de aquel año dejaron que desear.[9]
            La publicación De Miramar a México, de autor desconocido impresa en 1864, apunta que el arco que engalanaba la calle de la Acordada no se pudo terminar ni los arcos de los emperadores en la Plaza de Armas, esto dentro de los desperfectos, y destaca la casa de los señores Barrón y Escandón como una de las más lujosas y llamativas.[10]
Para que la gente pudiera ver a los nuevos monarcas se rentaron los balcones de las calles de Plateros, Vergara y San Andrés desde 100 hasta 500 pesos,[11] una cantidad alta para la época, y también se vendieron los boletos para asistir a la Catedral a la celebración del Te Deum en honor a los emperadores,[12] donde fueron recibidos por “los arzobispos de México y Michoacán, los obispos de Caradro, Oajaca, Querétaro y Tulancingo, con el cabildo metropolitano, y los párrocos y todo el venerable clero de la capital”.[13]
Anteriormente, en el parador de la Concepción, el coronel Miguel María de Azcárate, Prefecto municipal de México, le entregó las llaves de la ciudad al emperador Maximiliano con un solemne discurso, seguido por otros dirigidos a sus majestades, así como a Napoleón III y Eugenia, Emperatriz de los franceses; el Hospicio de Niños Pobres les cantaron algunos himnos.[14]
Después del Te Deum en la Catedral, los emperadores se dirigieron al Palacio Imperial donde igualmente los recibieron autoridades. Afuera, en la plaza, la gente los aclamaba y los monarcas salieron a saludarlos desde un balcón, con los repiques a vuelo de Catedral y demás templos católicos.[15]
En De Miramar a México[16] continúa la narración: a las 4:30 de la tarde sus majestades salieron a recorrer las calles en carroza abierta, fueron ovacionados en cada tramo hasta la zona de San Cosme, siendo interrumpidos los clamores por un aguacero que también arruinó parte de la decoración de las calles y los fuegos artificiales que iniciaron hacia las 9:30, después de un banquete en Palacio. 
De esta forma finalizó la gran celebración de la llegada de Maximiliano y Carlota a la Ciudad de México, con más de 200,000 asistentes, e iniciaría el periodo del Segundo Imperio Mexicano.



[1] Vigil, José María, “La Reforma”, en Riva Palacio, Vicente, México a través de los siglos, Tomo V, México, 1884, Ballesca y Compañía Editores, p. 639
[2] De Miramar a México, México, Imprenta de J Bernardo Aburto, 1864, p. 235
[3] De Paula Arrangoiz y Berzabal, Francisco, México desde 1808 hasta 1867, Tomo III, Madrid, Imprenta a cargo de Estrada, 1872, p. 41
[4] Ibidem, p. 45
[5] Ibidem, p. 46
[6] Kolonitz, Paula, Viaje de México en 1864, México, SEP, 1976, p. 23
[7] Idem
[8] Kolonitz, Op. cit, p. 24
[9] Vigil, Op. cit, p. 24
[10] De Miramar a México, Op. cit, p. 232
[11] De Paula, Op. cit, p. 46
[12] De Miramar a México, Op. cit, p. 235
[13] Idem
[14] De Miramar a México, Op. cit, p. 239
[15] De Paula, Op. cit, p. 52
[16] De Miramar a México, Op. cit, p. 237


Esto no es más que un trabajo escolar, una investigación sencilla sobre un acontecimiento de la vida cotidiana del siglo XIX, no pretende ser más que un requisito académico.

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