Mi abuela vino a verme
La única abuela de mi vida murió hace poco más de un año, después de un largo deterioro de salud.
Mi familia materna es oaxaqueña, de los Valles centrales, mi mamá fue la segunda hija de 10 hermanos, la primer mujer, destinada desde el vientre a ayudar en las labores domésticas, sin embargo, a los 15 años decidió partir hacia la capital para ayudar económicamente a sus padres y hermanos, mis abuelos vinieron por ella en más de una ocasión, pero su suerte estaba echada, volvió y volvió a la ciudad, de chilanga a capitalina, mi abuela no permitió que ningún otro de sus hijos dejara la casa maternal.
Mi abuela fue una señora de su tiempo, aunque rompió algunas reglas pues no siguió todos los cánones establecidos para las señoras casadas del pueblo. Quiso la vida que quedara viuda joven, varios de mis tíos aún eran chicos y solteros, los sacó adelante a todos, vio nacer y crecer a 31 nietos, 30 bisnietos y hasta una tataranieta.
La única nieta que estuvo lejos de la abuela fui yo, sólo pude disfrutar de su compañía en nuestras visitas esporádicas al pueblo. Mi abuela siempre me dio curiosidad, su forma de hablar, sus dichos, repetidos siempre por mi madre, su manera de regañar, regañaba a mi mamá por no hacer bien el atole: "abuela, a mi mamá nunca le queda rico el atole", le contestaba yo. Toda ella me proporcionaba una suerte de gracia y fortuna, cada vez que nos veía llegar lloraba de alegría, supongo, quizá también de tristeza.
Una de las navidades más felices de mi vida fue cuando mi mamá y yo emprendimos el bonito viaje a Oaxaca un mero 24 de diciembre, llegamos por la tarde al pueblo, a la entonces casa de la abuela, las tías estaban preparando ya las tortillas y la cena, mi abuela salió a recibirnos como siempre entre lágrimas. Una a una, cada familia fue llegando, estuvieron reunidos nueve hermanos, solo faltó la tía rebelde no católica, fue de los mejores momentos de mi vida y de la de mamá.
Lo último que hizo mi abuela en esta tierra fue reunir a nueve de sus 10 hijos, el mayor murió hace algunos años, después de mucho tiempo, muchos pleitos y rencores hermanales, la mayoría de su descendencia llegamos a despedirla, nos abrazamos nuevamente, aun con la amenaza del covid, comimos y bebimos juntos, platicamos, reímos y brindamos por mi abuela oaxaqueña, fue una despedida triste y bonita a la vez, reunida una familia por la partida de su matriarca.
Cuando mi mamá y yo volvimos a la ciudad, días después, cuando aún trabajaba en casa y me encontraba sola, desperté varias mañanas con un olor singular, el olor de la leña, del humo, del comal caliente, el olor del pueblo, el olor de mi abuela saliendo de su cocina, percibí ese olor hasta que comprendí que mi abuela vino a verme, me estaba acompañando, entonces le pedí que cuidara a mi mamá, que cuidara a cada uno de sus descendientes, que me cuidara a mí, pero sobre todo le dije que lo único que le reprochaba a la vida es haber estado tan lejos, no haber podido disfrutar de su presencia, de sus rutinas, de sus gozos, de sus miedos, de su sabiduría, no haberla oído cada día, en cada fiesta, en cada disgusto, en cada calamidad, es lo único que le reprocho a la vida, no haberte cuidado incluso en tu enfermedad, haber estado lejos de la única abuela de mi vida.
Abuela Chole, nunca te lo dije, te amo siempre.
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